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Mami pujó mucho pero yo no quería salir. ‘’¡Qué dolor!’’ , supongo se escuchaba por todo el Hospital General Menonita de Aibonito. Tanto fue así que el doctor decidió practicarle una cesárea. Buscó el personal. Prepararon a Frances Matos y comenzó la acción un 11 de febrero de 1992. ‘’¡Qué gordito y lindo! Míralo, Frances, éste es tu nene’’. La sonrisa de mi madre no pudo ser más grande. Aunque estaba embobada con la anestesia, podía reconocer lo que sucedía a su alrededor. Y les cuento de la sonrisa porque vi las fotografías, no vayan a pensar que tengo una memoria impresionante desde que nací. Tranquilos, soy alguien normal, no un mutante.

Papi me vio y se le salieron las lagrimitas, o al menos eso me dijo mami. A papi no lo veo llorar con frecuencia y, tal como me sucede si veo a alguien vomitando, me quedo atónito si veo sus ojos aguados. Ay, ¿dije vomitando? Ves, no estoy loco, mi miedo es de nacimiento. Ese miedo lo he superado, aunque todavía lo trato con pinzas. En fin, les digo que es de nacimiento porque hasta acordándome de un momento tan hermoso, lo traigo a colación. No soy yo, es mi subconsciente que me pide que lo escriba, ¿estamos?

Es uno de mis muchos viajes, también lo acepto. Y así ha sido Wilfredo desde que nació: un viaje. Criado en un hogar en donde no existía la tristeza (exceptuando las muertes, claro está), se desarrolló el bebé. Me dicen bebé aun con 18 añitos. Ven, comportamientos aprendidos. Ya son 18 grandes años, pero al escuchar tantas veces ‘’bebé’’ me complazco con reflejar mi progreso vital en algo diminutivo. ‘’Ya creciste, Wilfredo, y, por lo que tengo entendido, eres bastante maduro’’, me dice la conciencia. Por lo tanto, le haré caso.

Hola, me llamo Wilfredo José Burgos Matos y estoy acostumbrando a decir mi nombre completo gracias a mi madre. Si dejo el Matos, corro peligro de muerte. Además, si me atrevo a no mencionar el José, rápido incurre mami a pedir explicaciones: ‘’ ¿Por qué dejaron el José?’’, cuestiona. Ambos compartimos el mismo poco amor por mi primer nombre, pero si lo cambio, mi destino no sería el mismo. Al menos eso pienso yo. ‘’Pobre papi’’, pienso. Él no tiene la culpa de ser llamado así y de ser el cuarto o quinto Wilfredo de su familia. Para completar, terminé igual. Ya ni sé cuál Wilfredo soy.

He vivido, desde que nací, en Aibonito. Sí, ése mismo, el pueblo de las flores y la Suiza de Puerto Rico. Hace un frío riquísimo y el verdor me rodea cada mañana que puedo despertarme aquí. Me he mudado unas cuantas veces de lugar. Sin embargo, siempre he vivido en Aibonito. O mejor mencionarlo de esta manera: soy de Aibonito desde que nací, pues hace tres años emprendí el viaje hacia Mayagüez. Pero no me quiero adelantar, la parte de Mayagüez va más abajo.

Ahora mismo estoy escuchando Bruca Maniguá del Buena Vista Social Club de Cuba y es tan plácido escucharla, que me da gusto escribir sobre mí. Acepto que nunca lo había hecho. Es la primera vez que escribo sobre mí y me gusta. Cuando uno conoce tan bien lo que ha vivido, se siente importante al momento de escribir algo sobre su persona. ‘’Yo hice esto, aquello, lo otro’’, maquina en la mente de cada uno y me siento merecedor de un premio Nobel. Premio Nobel de la Paz para Wilfredo José Burgos Matos. Pensaría bien lo de la paz porque yo soy bastante aguerrido y estrambótico como para promover un proyecto sobre paz, o para haber realizado una obra tan importante para recibir un premio por la paz. Ay, bendito, ya estoy pensando qué premio merezco y no he contado nada. Ven, qué bien se siente hablar sobre uno mismo. Es satisfactorio, es abrirte al mundo, es algo grande pienso yo.

Creo que lo más pertinente sería enfocar mi historia en el ámbito literario y artístico, que es lo más que importa para concretar las bases de quién soy hasta este proyecto. Entonces, para empezarlo, imagínense un mundo lleno de niños muy pequeñitos, de esos que lloran cuando los dejan en la escuela: mi primer día en el pre-escolar. ‘’Papi, no, papi, no’’, repetía entre lágrimas. De pronto, llegó una muchacha, que recuerdo tenía el pelo rojo y era llenita. Digo llenita por no decir otra cosa. En fin, era buena gente, y eso era lo que importaba porque logró consolarme para poder entrar. Cuando llegué a ese mundo tan horrendo, de niños llorando y maestras sonrientes a punto de explotar por tener tanta paciencia, tengo que confesarles que me sentí a gusto. Iba a aprender. En casa ya me habían enseñado unas cuantas cosas, pero el simple hecho de decir que me iba a educar, me llenaba de mucho regocijo. Regocijo, palabra que no estaba en mi mente para aquel día, y estoy casi seguro que hubiese sido difícil pronunciarla. Vuelvo, en casa ya me habían enseñado unas cuantas cosas, pero el simple hecho de decir que iba a la escuela (cambié escuela también, el término educar quedaba muy grande para un niño tan pequeño), me hacía feliz. Ahora sí va acorde con el sentimiento de aquel momento. Me senté y conocí a la señora Soto. Era tan buena, que me sentía como Matilda, y cabe recalcar que no sabía quién era Matilda, pero ahora que la conozco, sé que era exactamente como la maestra de la mencionada niña. Ya de grande me regalaron la novela Matilda por puros caprichos. Y en las hermosas descripciones que ofrece el autor sobre la maestra de esa niña, sitúo a la señora Soto. Era bonita y era tan dulce como un terrón de azúcar.

Aprendí muchísimo con ella. Al siguiente año estuve con la señorita Espada, recalcaba lo de señorita todos los días. Era alta, de una piel más blanca que un papel, y que disfrutaba el lápiz labial color rojo. Fue en el kindergarten que me oriné encima por primera vez. Aún recuerdo aquel horrendo momento en que, mientras disfrutaba de la habitual siesta, me levanté sonso, lelo, perdido en el mundo, sintiendo que algo invadía mi entrepierna. Comencé a llorar. Rápidamente, para no levantar a mis compañeros, me buscaron y me acompañaron al baño con el paquete de primeras ayudas: la caja que contenía calzoncillos limpios, pantalones y camisas del mismo color del grado que estaba. Al llegar al baño, me encerré y me dijeron que avisara cuando ya estuviera listo. El problema es que para aquel momento yo no sabía cómo limpiarme. Y es que me dieron ganas de hacer lo otro, sí, lo otro. Comencé a llorar otra vez e intentaron abrir la puerta. Casi la tumbaban porque yo no quería levantarme con todo eso sucio, pero saqué el valor de donde no lo tenía y abrí. ‘’Nos matas de un susto’’, replicaron. Cuando les comenté sobre lo sucedido, las carcajadas no faltaron y, amorosamente, me limpiaron sin ningún problema. Permanezco eternamente agradecido con el equipo anfitrión que, más allá de educarme, me limpiaron entre las pequeñas nalguitas aquel día. Una memoria hermosa de mi kindergarten es, sin duda alguna, mi graduación. Mami lloraba por darle un clavel y yo no entendía. Pero ese día se veía tan bonita, que sus lágrimas con el color rojo del clavel me tranquilizaban. Era un momento mágico y emotivo.

Mi primer grado fue algo un tanto diferente. Diferente porque era en el mismo lugar que mis dos grados anteriores, pero para tomarlo ya no tenías que llegar al lugar principal en donde tomabas los otros grados. Tenías que llegar y dirigirte a una pequeña casita, alejada de la realidad que vivían los otros niños. Sin embargo, y a pesar de la lejanía, comíamos en el mismo comedor que los demás. En mi primer grado fue cuando por primera vez actué como el príncipe de Blanca nieves y, acorralado por la inocencia, besé a una pequeña. En aquel entonces ella me encantaba y me dejé llevar por esas películas bonitas que mami ponía en el televisor de su cuarto. Lo triste fue que Blanca nieves se levantó de una manera diferente a como me acordaba en la película: gritó y me abofeteó. Nunca fui su novio y, después de aquello, no me importaba serlo. ¡Me abofeteó terriblemente! Pude sentir cómo el interior de mis cachetes se estremecía hasta encontrarse con la lengua atónita ante la acción de aquella fiera. La vida continúa, así pensé.

Lamentablemente, esta escuela no contaba con el segundo grado y fue cuando comencé la mejor experiencia de mi vida, y lo que defiendo con uñas y dientes: la educación pública. Me he educado de esta manera hasta el día de hoy, y así planeo continuar. Mi segundo grado fue una experiencia muy bonita, igual mi tercer grado y el cuarto. En tercer grado fue cuando, verdaderamente, me enamoré de la lengua española. Comencé a participar de cuanto concurso había de la Semana de la Lengua y disfrutaba como nadie de la misma. Llegué a competir a nivel nacional en el certamen de declamación dedicado a Isabel Freyre de Matos. En el mismo obtuve el segundo lugar. Luego de eso,  puedo decir que el cuarto grado fue un tanto diferente: tenía una maestra de ciencias que cantaba para que aprendiéramos, mi maestra de Estudios Sociales parecía exaltarse con cualquier cosa y soltaba carcajadas ensordecedoras al amanecer de Dios (era mi maestra de, lo que con una sonrisa recuerdo, salón hogar; por lo tanto, tenía que verla a primera hora); también tuve una maestra de inglés que gritaba muchísimo, pero era buena persona. Hace unos meses estaba en el Festival de las Flores y no me saludó, por lo que puede diferir con lo que acabo de mencionar. Sin embargo, cuando fue mi maestra, fue bastante buena.

Llegó el quinto y el sexto grado. De esos grados mi más grato recuerdo fue el certamen nacional de oratoria de la Cooperativa de Seguros Múltiples. Fue una experiencia de muchísimo aprendizaje, en la que pude conocer ese ser humanista que tenía guardado en mi interior. Al igual que en la competencia en mi tercer grado, obtuve el segundo lugar. Ya basta de premios, odio decir lo que obtuve, me siento incómodo. No obstante, los menciono porque fueron esas pequeñas experiencias las que me ayudaron a forjarme como un mejor ser humano. ‘’Wilfredo, pero tú te lo ganaste’’, dice mi mente ahora mismo. Pero la ignoro, ella me ha traicionado unas cuantas veces, y lo sabes, Mente, no digas nada más.

Tan pronto como superé esos grados, llegué a la escuela intermedia. En ese entonces tomé clases con la mejor maestra de español en el Universo entero: mi mamá. Escuchar a mi mamá narrando es algo que cualquiera envidiaría. Guardo gratos recuerdos de esos hermosos momentos en los que mi madre se perdía en cada línea de las diferentes creaciones literarias que discutíamos en el salón. Era una experiencia única. En el salón prácticamente no podía hacer nada, pero siempre buscaba el momento para relajar un rato con mi amiga Gabriela. ‘’Wilfredo, cállate’’, decía de vez en cuando. Gabriela se abochornaba, pero aún separados, nos comunicábamos y no faltaba el grito de mami nuevamente. Pasé el octavo grado y aprendí mucho sobre los campos semánticos. Los que me conocen de cerca entenderán el por qué de este recuerdo. Luego, en noveno, tuve a una maestra que me mandaba a buscar café. Ella, la maestra de español de noveno grado, nos hacía pagar una peseta si entrábamos masticando, a su salón, una goma de mascar. Por suerte me salvé porque yo le buscaba el café y no tenía la oportunidad de amonestarme. En fin, me gradué y comenzó la mejor experiencia de mi vida: Centro Residencial de Oportunidades Educativas de Mayagüez (C.R.O.E.M.). Me trasladé a Mayagüez para residir en la escuela que me transformó, más aún, como ser humano. Sin embargo, y lo triste, me contagié de todo lo científico y no es para menos, pues la escuela es una especializada en ciencias y matemáticas. De todas formas, agradezco ese hermoso ser humano que se forjó allí, con todas las experiencias y vivencias únicas, como en ningún otro lugar se vivirían.

En C.R.O.E.M. tuve a mi primera novia. Fue una etapa de desdichas, tristezas, etcétera, pero llena de mucho aprendizaje. Sufrí demasiado por un amor no correspondido de la manera que yo esperaba, quizá me exigía más de lo que yo podía dar. ‘’Wilfredo, Wilfredo, detente’’, me dice la mente. Esta vez, le hago caso. Me detengo. No hace falta recordarlo. Recapitulo, allí tuve mi primera novia, encontré excelentes amigos y una segunda madre, mi maestra de Biología, la doctora Iris B. Hernández Hernández. Siempre al tanto de todos para hacernos mejores seres humanos. Le agradezco, grandemente, todo lo que sus palabras lograron en mí.

La anécdota más importante y espectacular de haber estudiado allí fueron mis clases de español con Carmelo Medina Jiménez y Brunilda Sanabria. El primero era pasivo, atento, excelente diría yo. Esa pasividad me enamoró del arte de la literatura. Lo triste es que nunca alcancé a decirle. Espero que lea esto alguna vez: ¡Gracias! La otra maestra la tildaban de loca. Y es que la verdad era una experiencia estrambótica entrar a su salón, pero yo sé, a diferencia de muchas otras personas, que conocimiento tiene, y capacidad en las letras, también. De igual manera, gracias. Nunca olvidaré ese momento en que declamó el Poema 20 de Neruda en las cercanías de mi rostro y terminó diciéndome: ‘’¡Tan, tan!’’. Extraño, ¿no? Pues así era ella, única, especial.

Me gradué y llegué al Colegio. Entré por Microbiología Industrial creyendo que mi vida se basaría en estudiar Medicina y llegar a ser patólogo forense. No niego que me fascina y me encanta, pero sé que mi ser humano pensante no tiene que desenvolverse en ese campo. Fue en el curso de Humanidades que descubrí el yo que siempre he sido y tenía guardado por el miedo al qué dirán. Siempre escribí, siempre leí, pero no fue hasta que llegué a la Universidad que me atreví a publicarlo. ¡Vaya, qué alegre me sentí de las reacciones de la gente! Ahí comencé a explotar, sin frenos, lo que me hacía ser el Wilfredo que hoy conocen. Además, de gran manera, en todo este proceso influyó lo que Doris Martínez, profesora del RUM, me dijo una vez mientras yo era el encargado de la bitácora El Rincón Gramatical: ‘’Tú eres organizado y eso te va a ayudar para la vida’’. Lo recuerdo entre lágrimas y regocijo. Trabajar en la preparación de ese blog (El Rincón Gramatical) me enseñó a creer más en mí y en lo que yo podía dar como persona. Pude salir de la coraza que me consumía y no me dejaba ser lo que, realmente, necesitaba ser: un ser humano libre, pensante, vanguardista claro está, y, sobre todo, feliz con lo que hace, con lo que es, con lo que siente, con lo que estudia. Estoy sumamente orgulloso de mí, y si en algún momento fuera a recibir un premio, elegiría que no me reconocieran y recordaran por recibirlo, sino que me recodaran como alguien que se atrevió a ir más allá de donde muchos creían que había un límite. Elegiría que me recordaran en sus memorias como aquel que le gustaba publicar en su blog, porque para mí es un proyecto hermoso y de mucho sacrifico difundir el poder transformador de la palabra. Elegiría que me recordaran por ser yo, por ser como soy, el loco de la vida que aprendió a amar lo que hacía encontrándose consigo mismo en la literatura y en su verdadera mejor amiga, la escritura. Hoy, como en muchas otras ocasiones, quiero terminar este pequeño relato de mi persona con la frase con la que muchas personas me conocen. A todas esas personas que se las he mencionado tengan por seguro que son para mí la fuerza vital para continuar día a día. Hoy, desde el espacio más profundo de mi corazón, en ése en donde confío se guardan los sentimientos más puros, les digo: todo lo que ocurre en la vida es producto de lo que uno da. No se acobarden, resurjan.

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2 responses to “Autor

  1. Gracias, Wilferedo. Resulta emocionante haber influido en ti para que llegaras al mundo apasionante de la literatura. Un abrazo.

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